Cuando la ciencia toma la palabra

Documentales, divulgadores y científicos en pantalla

Narración del artículo

Cuando la ciencia toma la palabra

No toda representación científica pasa por la ficción. También existe el científico como narrador, presentador, rostro público, cameo de prestigio o celebridad intelectual. Entre documentales, series de divulgación, apariciones televisivas y formatos digitales, la imagen del científico ha aprendido a habitar la pantalla de formas mucho más directas y, a veces, bastante más eficaces que media docena de guionistas jugando a escribir ecuaciones en una pizarra.

Aquí cambia una cosa importante: el físico ya no es personaje, sino presencia. Ya no hace falta inventarle una explosión, una paradoja temporal o una crisis moral con uranio enriquecido. Basta con ponerlo delante de cámara y dejar que hable. Y eso, sorprendentemente, ha tenido una historia larga, desigual y bastante reveladora.

1. Cuando la ciencia llegaba por emisión: televisión generalista, BBC y La 2

Durante décadas la divulgación científica en pantalla fue, sobre todo, una forma de emisión. Había una señal, una parrilla, una hora concreta y un espectador al otro lado haciendo lo que se hacía entonces: recibir. Era un medio pasivo en el mejor y en el peor sentido. Tenía menos conversación, menos réplica y bastante menos ansiedad algorítmica, pero a cambio poseía algo que hoy se echa de menos: autoridad cultural compartida. Si un documental científico ocupaba un hueco relevante en televisión, ese hueco importaba.

La BBC entendió esto muy pronto. No solo por su tradición documental, sino porque convirtió la ciencia en parte de una pedagogía pública seria, elegante y con frecuencia excelente. Había una voz, una estructura, una puesta en escena sobria y la impresión de que aprender algo no era un castigo escolar sino una actividad compatible con la dignidad humana, cosa nada desdeñable. Esa escuela, con formatos y series emblemáticas como Horizon, ayudó a fijar una idea muy concreta de lo que debía ser la divulgación televisiva: rigurosa, paciente y bastante menos histérica que la televisión moderna en casi cualquier otro asunto.

En España, esa función de pantalla científica la ocupó durante muchos años La 2. Para varias generaciones, La 2 fue el lugar donde uno se encontraba con naturaleza, astronomía, historia de la tecnología y documentales extranjeros sin necesidad de salir a buscarlos. También fue, por decirlo con cariño, una institución casi monástica: si querías ciencia en abierto, sabías más o menos adónde ir. Entre documentales importados, espacios culturales y programas de divulgación de casa, La 2 ejerció de pantalla de referencia para una ciencia que aún llegaba con horario, continuidad y cierta vocación de servicio público. La ciencia no competía todavía con un océano infinito de miniaturas gritándote desde una plataforma. Llegaba, se emitía y, con un poco de suerte, te pillaba en el sofá.

2. Cosmos: Sagan convierte la divulgación en acontecimiento

Si hay un título que ordenar aquí en letras grandes, es Cosmos (1980). No porque sea el único gran documental científico, sino porque cambió la escala del género. Carl Sagan no se limitó a explicar astronomía. Construyó una voz televisiva para la ciencia: culta, serena, ambiciosa y emocional sin volverse sentimental. Eso no era poca cosa. Hasta entonces, la divulgación podía ser muy buena, pero no siempre lograba esa mezcla de claridad, belleza y sentido de misión civilizatoria.

Cosmos convirtió la curiosidad en relato. No hablaba solo de planetas, estrellas o evolución del pensamiento científico. Hablaba también de método, de fragilidad humana, de historia, de escepticismo y de responsabilidad intelectual. Sagan conseguía que el universo pareciera inmenso sin volverlo ajeno, y que el rigor sonara hospitalario en lugar de punitivo. Por eso dejó tanta huella. No solo enseñó ciencia; enseñó una forma de estar en el mundo.

La revisión posterior, con Neil deGrasse Tyson al frente, juega en otra gramática. Sigue heredando la ambición pedagógica de Sagan, pero ya pertenece a un ecosistema audiovisual distinto: más rápido, más apoyado en recreaciones, gráficos y ritmo televisivo contemporáneo, más consciente de la marca y del espectáculo. No es exactamente peor ni mejor; es otra época. El Cosmos original parecía invitarte a pensar. El nuevo, a veces, también quiere asegurarse de que no cambies de canal entre nebulosa y nebulosa, que es una ansiedad bastante moderna.

3. El universo mecánico y el placer de explicar sin pedir perdón

Junto a Cosmos hay que colocar The Mechanical Universe, producida desde Caltech, no desde Stanford. Es una serie menos mítica para el gran público, pero queridísima por quien ha tenido la suerte de tropezarse con ella. Y con razón. Ahí la física no entra como decorado ni como excusa para asombrar, sino como estructura del mundo explicada con calma, historia y método.

Tiene algo admirable: no intenta fingir que la inteligencia necesita disfraz constante de fuegos artificiales. Explica. Ordena. Sitúa. Hace genealogía conceptual. Y demuestra que la televisión científica también puede confiar en la paciencia del espectador, virtud que hoy parece casi contracultural. En ese sentido, The Mechanical Universe representa muy bien una fase de la divulgación en pantalla en la que todavía se asumía que aprender requería tiempo y que el tiempo no era necesariamente el enemigo.

En un linaje cercano, aunque no idéntico, conviene recordar también las Feynman Lectures. Ahí ya no estamos exactamente en el documental televisivo clásico, sino en otra tradición igual de influyente: la del gran físico que explica el edificio conceptual con una mezcla de claridad, carisma y autoridad intelectual difícil de falsificar. Feynman pertenece a esa categoría rara de divulgador involuntario de lujo: alguien que no necesitaba adornarse de comunicador profesional para dejar una huella pedagógica duradera. Y eso también ha alimentado mucho la imagen pública del físico en pantalla, para bien y para ese pequeño culto a la personalidad académica que la profesión tolera cuando le conviene.

4. Del canal cultural al canal temático: Discovery y la expansión del menú

La llegada de Discovery Channel y de otros canales temáticos cambió bastante el paisaje. La ciencia dejó de ser solo una isla prestigiosa dentro de la televisión generalista y pasó a formar parte de una oferta continua, segmentada y mucho más amplia. Eso tuvo un efecto claro y, en conjunto, positivo: permitió que los contenidos científicos se multiplicaran, se especializaran y encontraran públicos distintos.

También trajo otro cambio menos inocente. Cuando la ciencia entra de lleno en la lógica del canal temático, empieza a convivir con una presión nueva: mantener atención constante, empaquetar mejor, simplificar más deprisa y, en ocasiones, convertir cualquier asunto en promesa de revelación inminente. La divulgación gana alcance, pero a veces pierde solemnidad y gana música de tráiler donde quizá bastaba una buena explicación. Tampoco vamos a fingir sorpresa: la televisión descubrió hace tiempo que la entropía vende regular, salvo que le pongas un título apocalíptico.

Aun así, esta fase fue decisiva. Amplió repertorios, normalizó la presencia de ciencia en pantalla y preparó el terreno para lo que vendría después: que el divulgador dejara de depender de una gran cadena para existir.

5. España: de la autoridad televisiva al divulgador reconocible

En el caso español, la historia tiene además una dimensión muy concreta: durante mucho tiempo, la divulgación audiovisual estuvo asociada a una cierta autoridad institucional. La ciencia aparecía filtrada por la televisión pública, por programas reconocibles, por voces que ejercían casi de traductores oficiales entre el laboratorio y la sala de estar.

Si hubiera que subrayar una figura especialmente valiosa en esa transición entre ciencia seria, presencia pública y capacidad real de explicar, aquí Alberto Aparici merece bastante más que una mención de cortesía. Su territorio principal ha sido la radio, y conviene decirlo así para no fingir otra cosa, pero precisamente por eso resulta tan interesante en este mapa más amplio de la presencia mediática de los científicos. Su trayectoria desde el IFIC, la radio, los formatos digitales y la divulgación pública lo sitúa en una categoría muy útil: la del físico que no rebaja la exigencia intelectual, pero tampoco confunde rigor con solemnidad. Explica bien, piensa mejor y, además, ha terminado ocupando espacios de reconocimiento institucional como un jurado de los Premios Princesa de Asturias. No es poca cosa. Más bien al contrario: es una de esas señales raras de que la divulgación científica también puede ser tomada en serio fuera del pequeño circuito que ya estaba convencido.

Javier Santaolalla entra muy bien en el mismo paisaje, aunque con otro registro. Representa el salto entre la figura del físico que explica y la del divulgador que además sabe habitar los formatos contemporáneos sin dejar de sonar a físico. Entre ambos se ve bastante bien una virtud poco frecuente: que la ciencia pueda circular con voz propia, con estilos distintos y sin tener que elegir entre parecer lista o parecer cercana.

Y en esta transición española conviene reservar un hueco para Big Van Ciencia, que representa otra derivación muy interesante: la divulgación que abandona el estudio, el aula o la pantalla y sale literalmente a la calle, al teatro o al formato itinerante con científicos que no renuncian al rigor pero tampoco a la voluntad de llegar a públicos no cautivos. No todo tiene que pasar por el plató. A veces la ciencia funciona mejor cuando se baja del pedestal antes de que alguien lo convierta en escenografía institucional.

6. Del divulgador televisivo al ecosistema YouTube

El salto a YouTube y a los formatos digitales no es solo un cambio de soporte. Es un cambio de régimen cultural. En la televisión clásica, la ciencia se emitía. En internet, la ciencia circula, compite, se comparte, se recorta, se comenta, se recomienda y se deforma a velocidad industrial. El divulgador ya no es solo un presentador; es también editor, guionista, estilista de miniaturas, gestor de comunidad y ocasional rehén del algoritmo.

Eso tiene costes evidentes, pero también una ventaja formidable: la diversificación. Aparecen voces, registros y especialidades que en televisión difícilmente habrían encontrado hueco. Ahí encajan muy bien perfiles como Gata de Schrödinger, que no es física pero insiste con mucha utilidad en algo que conviene recordar: la ciencia no es una estética, ni una colección de palabras largas, ni una forma elegante de opinar fuerte. Es rigor, contraste, método y paciencia con la realidad, incluso cuando la realidad no coopera.

También aparecen divulgadoras y divulgadores más especializados, que son una magnífica noticia para cualquiera que se haya cansado del científico audiovisual genérico. SizeMatters permite abrir el foco hacia el estado sólido y los materiales, es decir, hacia una parte de la física que rara vez recibe glamour proporcional a su importancia. Una Chica Cósmica devuelve la astrofísica al terreno de la voz propia y cercana. Crespo demuestra que la física puede circular con ritmo contemporáneo sin dejar el cerebro en la puerta.

Y luego está otra familia distinta, que ya no funciona exactamente como el youtuber que explica desde sí mismo, sino como pequeña empresa de contenidos científicos con un rostro reconocible al frente. Ahí encajan mejor figuras como Cleo Abrams o Veritasium: no son solo “la persona que te cuenta algo”, sino también promotores de conversación, entrevistadores, organizadores del relato y anfitriones de expertos. El centro ya no es únicamente su propia explicación, sino el dispositivo entero que construyen alrededor de una pregunta, un laboratorio, una visita o una entrevista. En eso se parecen más a una evolución contemporánea de formatos como MythBusters, donde había experimento, carisma y diálogo, aunque en aquel caso los conductores también fueran parte plena del espectáculo.

No todo en esta transición es maravilloso, claro. A veces la divulgación digital premia más la seguridad escénica que la prudencia intelectual, y más la miniatura agresiva que el matiz. Pero también ha conseguido algo muy valioso: romper el monopolio de la voz única. La ciencia ya no llega solo desde arriba; también se construye en red, con tonos, públicos y especialidades distintas.

7. Cameos, cruces y científicos que ya se saben personajes

Hay un momento especialmente interesante en esta historia: cuando el divulgador o el científico mediático deja de explicar el mundo y pasa a formar parte del decorado cultural del entretenimiento. Ahí aparecen los cameos, los cruces entre ficción y divulgación, y esa agradable sensación de que ciertas figuras científicas han descubierto que el plató también admite pase VIP.

Neil deGrasse Tyson es probablemente el caso más vistoso. La versión moderna de Cosmos consolidó una figura que luego ha disfrutado apareciendo en series, entrevistas, animación o cualquier formato que le permita ejercer de voz científica reconocible. A veces da la impresión de que le gustan los cameos más que a un tonto un caramelo, pero la observación no es enteramente una crítica. De hecho, revela algo importante: el científico mediático ya no es un invitado raro, sino un personaje cultural identificable.

The Big Bang Theory explotó esto con bastante habilidad. Su universo se alimenta de científicos reales, referencias reconocibles y una idea bastante pop de la autoridad académica. El ejemplo más claro es Stephen Hawking, el físico británico de Cambridge cuya presencia en la serie funciona casi como canonización nerd definitiva. Y se nota, además, que Hawking estaba encantado con el juego. No aparece como una reliquia solemne a la que haya que venerar en silencio, sino como alguien perfectamente dispuesto a participar en su propia conversión en icono televisivo.

Brian Cox ocupa otra posición algo distinta, pero igualmente reveladora. Su figura ha circulado por documentales, programas y apariciones de fondo que ayudan a dar a ciertos relatos catastrofistas o cosmológicos un barniz inmediato de plausibilidad. Basta que asome un físico reconocible con acento británico y gesto razonable para que el espectador entienda que ahora la cosa va en serio, o al menos que el guion desea sinceramente que lo parezca.

Stargate Atlantis y otras series de ciencia ficción juegan una carta parecida, aunque desde otro lugar: incorporar expertos, figuras reconocibles o ecos del mundo real ayuda a dar densidad a la ficción y, de paso, confirma que el científico ha dejado de ser solo un arquetipo para convertirse también en marca pública.

Ese cruce entre divulgación y ficción importa porque redondea el circuito de representación. El científico ya no vive solo en documentales ni solo en películas: circula entre ambos espacios, a veces como experto, a veces como celebridad, a veces como sello de autenticidad y a veces, sencillamente, porque la cultura audiovisual contemporánea ha decidido que una persona capaz de hablar de galaxias, partículas o radiación también puede sostener un primer plano.

8. Repaso de la realidad

Antes de cerrar, conviene separar un poco la nostalgia y el entusiasmo de algunas cosas bastante materiales:

  • La televisión generalista tuvo un papel formativo enorme: no por perfección, sino porque otorgaba visibilidad compartida y convertía la ciencia en parte de una conversación pública común.
  • La BBC, La 2 y series como Cosmos o The Mechanical Universe no hacían lo mismo: unas aspiraban a la gran cultura pública, otras a la explicación sistemática, y otras a convertir la ciencia en experiencia de asombro bien narrada.
  • Discovery y los canales temáticos ampliaron el acceso: también aceleraron la lógica del formato, del ritmo y del gancho constante.
  • YouTube no ha sustituido simplemente a la televisión: ha cambiado las reglas del prestigio, de la atención y de la autoridad. Ahora la claridad compite con la personalidad, y el rigor comparte escenario con la edición, el algoritmo y la identidad de canal.
  • No todos los grandes divulgadores actuales son físicos: y eso está bien. La representación pública de la ciencia es más rica cuando admite distintos oficios, siempre que no se sacrifique el rigor por la pose.
  • Los cameos no son anecdóticos: indican que el científico mediático ha pasado a ser reconocible como figura cultural. Ya no solo explica; también circula.

9. Cierre

La historia de los documentales, divulgadores y científicos en pantalla cuenta algo más que la evolución de un formato. Cuenta cómo ha cambiado la autoridad cultural de la ciencia. Primero fue la voz que llegaba desde arriba, casi litúrgica, a través de la televisión pública o del gran documental internacional. Luego vino el canal temático, que convirtió la ciencia en menú continuo y a veces en producto de ritmo un poco nervioso. Después llegó la era digital, donde cada divulgador puede levantar su propia pantalla y disputar atención en un ecosistema bastante más democrático y bastante más salvaje.

Visto así, no es un descenso ni un progreso lineal. Es un desplazamiento. La ciencia ha perdido cierta solemnidad, sí, pero ha ganado proximidad, variedad y rostro. Hemos pasado del narrador casi sacerdotal al divulgador que conversa, del documental-evento al canal con identidad propia, del experto ocasional al científico que también sabe moverse por radio, redes, podcasts, entrevistas y ficciones con naturalidad casi ofensiva.

Y eso, en el fondo, encaja muy bien con este blog. Porque si el cine y la televisión llevan décadas empeñados en representarnos de maneras a veces absurdas, a veces fascinantes y a veces directamente halagadoras, la divulgación en pantalla añade una corrección saludable: recuerda que los científicos no solo pueden ser personajes. También pueden ser voces. Y cuando esas voces funcionan, a veces hacen algo todavía más raro que salvar el mundo en una película: consiguen que alguien quiera entenderlo un poco mejor.

Referencias y ejemplos

  • Cosmos (1980)
  • Cosmos: A Spacetime Odyssey (2014)
  • Cosmos: Possible Worlds (2020)
  • The Mechanical Universe (1985-1986)
  • The Feynman Lectures on Physics
  • documentales y formatos de la BBC
  • La 2 como espacio de divulgación en España
  • Discovery Channel
  • Javier Santaolalla
  • Alberto Aparici
  • Big Van Ciencia
  • Gata de Schrödinger
  • SizeMatters
  • Una Chica Cósmica
  • Crespo
  • Cleo Abrams
  • Veritasium
  • Stephen Hawking
  • Brian Cox
  • The Big Bang Theory (2007-2019)
  • Stargate Atlantis (2004-2009)