Física, poder y geopolítica

Físicos, guerra, y el poder del conocimiento

Narración del artículo

Física, poder y geopolítica

Introducción

Los físicos rara vez aparecen en el cine como figuras neutrales. Cuando la historia se pone geopolítica, se los convierte con bastante facilidad en héroes que salvan al mundo con una ecuación o en cómplices silenciosos de sistemas que convierten el conocimiento en arma. La simplificación funciona porque el cine adora las responsabilidades limpias y los rostros identificables. La historia real, por desgracia para los guionistas, suele ser bastante más turbia. Y bastante menos fotogénica.

La Primera Guerra Mundial mostró cómo la ciencia y la tecnología se integraban en la maquinaria del Estado para maximizar la destrucción. La Segunda Guerra Mundial llevó esa lógica al extremo: la ciencia no solo participó en la guerra, sino que la rediseñó a escala industrial. En ambos casos, los físicos quedaron atrapados en una paradoja incómoda: disponían de conocimientos extraordinarios, pero no necesariamente del poder para decidir qué se hacía con ellos. Y ahí empieza una parte esencial del problema: saber mucho no equivale, ni de lejos, a mandar.

Primera Guerra Mundial: la ciencia como arma del estado

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue la primera guerra industrial moderna. Los Estados no solo movilizaron soldados: movilizaron conocimiento. Ingenieros diseñaban máquinas de guerra, químicos desarrollaban gases tóxicos, físicos calculaban trayectorias balísticas. La ciencia no era un acompañamiento elegante de la política. Era una de sus herramientas más eficaces. Dicho sin rodeos: la modernidad aprendió rápido a matar mejor.

Gases venenosos: Fritz Haber, químico alemán, desarrolló el cloro gaseoso para uso militar. Aunque Haber reclamó que su “gas de la paz” (“Friedensgas”) podría terminar la guerra más rápido –reduciendo bajas de infantería–, el resultado fue miles de muertos por asfixia. Haber ganó un Premio Nobel años después, pero la ironía no se vuelve por eso menos desagradable: desarrolló un arma de destrucción masiva bajo la lógica de “hacer la guerra más eficiente”.

En el cine, esta época se refleja menos directamente, pero películas como 1917 (2019) capturan muy bien una guerra donde la tecnología supera ampliamente a la capacidad humana de soportarla. No hay físicos visibles en primer plano, pero su conocimiento está presente en cada proyectil, en cada cálculo y en cada máquina que convierte el barro europeo en una línea de montaje de cadáveres.

Segunda Guerra Mundial: la física que terminó una guerra

La Segunda Guerra Mundial (1939-1945) llevó el papel de los físicos a otro extremo. Ya no se trataba solo de acompañar la destrucción, sino de diseñarla de forma planificada, consciente y a una escala inédita. Ahí la física dejó de parecer solo conocimiento. Empezó a parecer poder.

El Proyecto Manhattan: científicos de elite, muchos de ellos físicos, trabajaron secretamente para desarrollar la bomba atómica. La paradoja es brutal: varios eran refugiados de regímenes autoritarios europeos y terminaron contribuyendo a la creación del arma más devastadora de su tiempo para proteger a una democracia que, llegado el momento, tampoco iba a pedirles permiso moral para usarla.

Robert Oppenheimer, Enrico Fermi, Edward Teller, Richard Feynman y muchos otros contribuyeron al Proyecto Manhattan. Cuando la bomba cayó sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945, la guerra en el Pacífico entró en su fase final. Pero también terminó la inocencia pública de la física: ya no era solo búsqueda de conocimiento, sino herramienta visible de aniquilación.

Oppenheimer (2023, Christopher Nolan): la película captura muy bien esa dualidad ética. Oppenheimer oscila entre la gloria del descubrimiento y el horror de lo que ha ayudado a crear. No es un villano puro ni un héroe limpio; es algo bastante más interesante y bastante más incómodo: un físico decisivo que cambia el mundo sin mandar realmente sobre lo que vendrá después.

La película muestra tanto la genialidad colaborativa del Proyecto Manhattan como el peso moral posterior: Oppenheimer pide control sobre el uso de la bomba, pero el aparato político-militar lo escucha con la cortesía justa y la indiferencia necesaria. Los físicos abren una posibilidad; el Estado decide si esa posibilidad se convierte en doctrina.

La dualidad moral: el cine como espejo

Otras películas profundizan en esta tensión:

  • Dr. Strangelove (1964, Stanley Kubrick): una sátira negra donde un físico excéntrico, inspirado en parte en figuras como John von Neumann y Edward Teller, está convencido de que una guerra nuclear puede ser “ganable”. Es la parodia perfecta de cómo el conocimiento técnico puede acabar colonizado por una racionalidad estratégica completamente demente y, aun así, expresarse con tono de seminario serio.

  • Teller: Project Manhattan (documental sobre Edward Teller, el “padre de la bomba de hidrógeno”): muestra cómo Teller empujó hacia armas cada vez más potentes, arrastrado por la lógica de la Guerra Fría. La grandeza del conocimiento, convenientemente mal administrada, terminó convertida en carrera armamentística.

  • A Serious Man (2009, Coen Brothers): no es un filme de guerra, pero su protagonista es un físico universitario atrapado en un universo sin sentido. Funciona como una metáfora lateral de la condición del experto moderno: entender mucho no garantiza gobernar nada, y a veces ni siquiera garantiza entender la propia vida.

La grandeza del conocimiento vs. la falta de control político

El cine, cuando acierta, ilustra una verdad estructural bastante incómoda:

La grandeza: La búsqueda de conocimiento es intrínsecamente valiosa. Comprender la naturaleza, dominar fenómenos como la energía nuclear, abre posibilidades transformadoras para la humanidad.

La falta de control: Pero los políticos, militares y corporaciones tienen los recursos, las cadenas de mando y la última firma. Oppenheimer pidió control sobre la bomba; no lo obtuvo. Teller presionó por más armas; el sistema sí lo escuchó. El conocimiento no circula en el vacío. Circula donde hay presupuesto, jerarquía y capacidad de coerción.

En Oppenheimer, la escena más devastadora no es la explosión de la bomba, sino la audiencia posterior donde Oppenheimer es interrogado por gente a la que la física le interesa bastante menos que la obediencia. Los físicos construyeron la llave. El poder decidió qué puerta convenía abrir y a quién dejar fuera del cuarto.

Esta relación también puede pensarse con una distinción útil: política científica y ciencia para la política. La primera decide qué investigación merece recursos, prestigio y liderazgo; la segunda decide si el conocimiento disponible debe traducirse en una acción concreta del poder. Contact (1997) toca ambas dimensiones con claridad. Por un lado, hay una política científica en la carrera por liderar el proyecto SETI, es decir, en la lucha por definir qué tipo de ciencia merece apoyo institucional. Por otro, aparece la ciencia para la política cuando la cuestión pasa a ser si debe o no construirse la máquina a partir de los planos recibidos: ya no se discute solo quién investiga, sino qué hace el poder con lo descubierto.

Como recuerda con mala leche Contact: primera regla del gasto público, ¿por qué construir uno cuando puedes construir dos por el doble del precio?

Si se amplía el foco a otras formas de tecnología estratégica, el contraste se vuelve aún más nítido. The Terminator (1984) imagina un régimen de control laxo o directamente fallido: los humanos delegan demasiado en una inteligencia artificial militar hasta el punto de permitir que la tecnología tome el mando y redefina por sí sola el campo político. Timecop (1994), en cambio, presenta el problema opuesto: no una máquina que se emancipa, sino una tecnología temporal sometida a captura partidista y a uso privado desde dentro del propio aparato de poder. En un caso, el riesgo nace de no controlar a tiempo una tecnología capaz de autonomizarse; en el otro, de controlar la tecnología de forma sesgada, utilizándola como instrumento para acumular poder político. Son dos patologías distintas del mismo problema geopolítico: no basta con inventar o regular. También importa quién vigila, con qué fines y bajo qué límites.

En la frontera entre la alarma científica y la gobernanza tecnocrática se sitúa también La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971). No es exactamente un relato de síndrome de Casandra, porque la amenaza sí se toma en serio, pero tampoco es una celebración ingenua de la autonomía científica: la investigación aparece desde el principio encajada en protocolos, jerarquías y dispositivos de seguridad del Estado. El científico no solo descubre; debe operar dentro de una maquinaria política y militar que administra el riesgo.

El síndrome de Casandra: saber no basta

La otra gran revisión de la ciencia para la política no pasa por la financiación de proyectos, sino por la incapacidad de traducir una advertencia científica en decisión colectiva. El síndrome de Casandra describe precisamente eso: el experto ve venir la catástrofe, la formula con claridad, pero el poder político, mediático o económico reacciona tarde, mal o directamente con negación. En estas historias, el conflicto no está en descubrir. Está en conseguir que alguien se mueva.

Don’t Look Up (2021) es la caricatura contemporánea más explícita del motivo. Los científicos detectan una amenaza existencial, pero el problema queda absorbido por los ritmos del espectáculo, la polarización y el cálculo electoral. La película exagera, sí, pero lo hace con la cortesía habitual de las sátiras: exagera para no tener que admitir que la realidad a veces ya venía bastante así de fábrica.

Tiburón (Jaws, 1975) ya trabajaba una variante muy eficaz: el experto que advierte un peligro real mientras las autoridades locales priorizan la economía, el turismo y la apariencia de normalidad. No es una película sobre físicos, pero sí sobre la lógica política que posterga la respuesta a una amenaza porque actuar tiene costes visibles y no actuar solo tiene costes futuros.

En el cine de catástrofes y amenazas planetarias, el patrón se vuelve casi un género en sí mismo. Deep Impact (1998) y Armageddon (1998) construyen gran parte de su tensión sobre el momento en que una advertencia astronómica debe convertirse en política de emergencia. The Day After Tomorrow (2004) dramatiza el choque entre modelos científicos y escepticismo institucional. Twister (1996), en una escala menor, muestra también cómo la producción de datos sobre riesgo compite con la urgencia, el ego profesional y la necesidad de validación.

Contact vuelve a ser importante aquí, pero por otro motivo. No solo plantea una carrera por liderar el SETI y el dilema de construir o no la máquina; también muestra hasta qué punto una señal científica extraordinaria no genera automáticamente consenso. El descubrimiento abre inmediatamente disputas sobre interpretación, legitimidad, control y representación pública. La evidencia no clausura la política; la intensifica.

En Contagion (2011), aunque el foco es epidemiológico y no físico, aparece quizá una de las versiones más sobrias del mismo problema: expertos que comprenden pronto la magnitud de la amenaza, pero deben traducir ese conocimiento a instituciones lentas, sociedades ansiosas y aparatos estatales obligados a decidir bajo incertidumbre. Es valiosa precisamente porque no necesita caricaturizar a nadie: muestra que incluso sin villanos de opereta la respuesta política a la ciencia puede llegar tarde o quedarse corta.

Por eso el síndrome de Casandra es una figura tan fértil para pensar la geopolítica del conocimiento. Completa la imagen de Oppenheimer desde el otro lado. Allí el problema era que el poder usa demasiado bien lo que la ciencia produce; aquí, que el poder no sabe, no quiere o no puede reaccionar a tiempo frente a lo que la ciencia advierte. Entre ambos extremos se mueve una parte esencial del cine sobre expertos: o el conocimiento queda capturado por el Estado, o el Estado mira hacia otro lado.

Más allá del laboratorio: cuando la física se convierte en poder

Otra forma de leer esta historia consiste en salir del marco estrictamente profesional del físico y preguntarse qué pasa con esa formación cuando abandona el laboratorio. No siempre deriva en descubrimientos; a veces se traduce en poder político, capacidad burocrática, legitimidad técnica o ambición empresarial.

Angela Merkel es quizá el ejemplo más visible: estudió física, se doctoró en química cuántica y terminó gobernando Alemania durante dieciséis años. En su caso, la formación científica no produjo una política “científica” en sentido ingenuo, pero sí una imagen de rigor, cálculo, contención y lectura estructural de los problemas. Javier Solana siguió otra trayectoria: doctor en física, profesor universitario y después figura central de la política española, de la OTAN y de la diplomacia europea. Ambos muestran que la física puede funcionar menos como oficio permanente que como escuela de método para navegar instituciones complejas.

En el ámbito empresarial, Elon Musk ofrece una versión distinta de esa mutación. Su formación en física aparece absorbida por el mito del empresario tecnológico que no solo financia innovación, sino que aspira a definir el horizonte técnico de una época, preferiblemente con suficiente épica como para que parezca destino y no estrategia corporativa. Ya no es el físico subordinado al Estado, sino alguien que intenta competir con él, presionarlo o hacer negocios con él. Antes, Robert Noyce había encarnado otra variante: formado en física y doctorado en física del estado sólido, ayudó a fundar Fairchild Semiconductor e Intel, es decir, convirtió saber físico en infraestructura material del capitalismo contemporáneo.

También hay casos intermedios, donde la física entra directamente en la gestión pública de la energía y la seguridad. Steven Chu, Nobel de Física, fue secretario de Energía de Estados Unidos. Su trayectoria sugiere que el físico no siempre queda reducido a técnico o víctima del poder: a veces participa en la administración misma de las grandes decisiones, aunque incluso entonces siga operando dentro de límites políticos que no controla del todo.

Visto así, la pregunta ya no es solo qué hacen los físicos con su conocimiento, sino qué hacen las sociedades con las personas formadas para pensar en términos de estructura, escala, energía, riesgo y sistema. Algunos terminan diseñando armas; otros, negociando alianzas, dirigiendo gobiernos o levantando imperios tecnológicos. La física, en ese tránsito, deja de ser solo una profesión: se vuelve una forma de acceso al poder, o al menos una excelente carta de presentación para entrar en habitaciones donde se reparte.

Repaso de la realidad

Conviene, antes de cerrar, separar un poco el mito cinematográfico de la historia real. A modo de guión rápido:

  • La guerra tecnocientífica nunca fue solo cosa de físicos: químicos, ingenieros, matemáticos, metalurgistas, médicos y burócratas fueron igual de decisivos. El cine suele comprimir esa complejidad en un solo personaje porque la épica necesita cara humana, aunque la historia funcione más bien como una cadena de suministro con doctorado.
  • El Proyecto Manhattan no fue el acto de un genio aislado: fue una operación industrial, militar y científica gigantesca. La figura de Oppenheimer es central, pero no basta por sí sola para explicar ni la construcción de la bomba ni su uso político posterior.
  • La bomba atómica no “cerró” por sí sola la Segunda Guerra Mundial: su impacto fue decisivo, pero el final del conflicto en el Pacífico también estuvo atravesado por la guerra convencional, el agotamiento japonés y la entrada soviética. La historia real, como de costumbre, se niega a caber del todo en una sola escena.
  • Los científicos tuvieron agencia, pero no soberanía: algunos impulsaron programas militares con entusiasmo; otros dudaron, protestaron o intentaron limitar las consecuencias. Casi ninguno controló por completo el aparato estatal que administraba sus descubrimientos.
  • La política científica importa tanto como la ciencia misma: decidir qué se investiga, quién financia, qué se acelera y qué se frena ya es una forma de geopolítica. La neutralidad absoluta queda muy bien en los discursos; en los presupuestos suele durar menos.
  • El síndrome de Casandra no es una exageración puramente cómica: muchas advertencias expertas sobre riesgos militares, climáticos, sanitarios o tecnológicos han chocado de verdad con intereses electorales, económicos y mediáticos. El cine lo dramatiza; la realidad lo institucionaliza.
  • El físico convertido en dirigente o empresario no escapa a la política: Merkel, Solana, Steven Chu, Robert Noyce o Musk muestran trayectorias muy distintas, pero todas confirman lo mismo: la formación científica puede abrir puertas al poder, aunque una vez dentro rigen las reglas de la política, la burocracia o el mercado, no una supuesta pureza epistemológica.

La lección de fondo es menos heroica y probablemente más útil: la ciencia cambia el mundo, sí, pero casi nunca manda sola. Entre el laboratorio y la decisión final hay ministerios, ejércitos, empresas, aparatos de propaganda, comités, intereses cruzados y bastante gente convencida de que entiende la historia mejor que los hechos.

Conclusión

No conviene cerrar esta cuestión demasiado rápido. El propio título invita a pensar en otro modelo de físico: no solo el científico atrapado por el Estado, sino el físico soberano, casi empresarial o tecnológico, al estilo Iron Man, donde la elección de qué descubrir, qué fabricar y para quién hacerlo parece depender de una voluntad individual. Es una fantasía poderosa. Y bastante de nuestro tiempo, que siente una debilidad casi romántica por los millonarios con soldador y complejo mesiánico.

Ese imaginario conecta con figuras reales, a veces excéntricas, que rozan el papel de “físico con poder”. Elon Musk ha cultivado en ocasiones esa estética de genio tecnopolítico, casi de superhéroe industrial, aunque con frecuencia la representación queda más cerca de la caricatura que de la grandeza. Sin venir del cine, también Javier Solana y Angela Merkel recuerdan que un físico puede alcanzar poder institucional y dejar un legado político, aunque ese legado ya no pase por el ejercicio profesional de la física, sino por su traducción en autoridad, lenguaje técnico y capacidad de decisión.

Pero esa fantasía de soberanía individual contrasta con otra realidad mucho más dura. Cuando los físicos trabajan en contextos donde un Estado quiere desarrollar armamento decisivo, incluso la bomba, dejan de parecer héroes irrepetibles: se vuelven sustituibles, presionables y, en casos extremos, sacrificables. Ahí el cine suele simplificar. El héroe tecnológico aparece como alguien capaz de frenar por sí solo los planes malvados; la historia y la geopolítica muestran, en cambio, que casi siempre hay estructuras capaces de reemplazar a una persona por otra con una eficacia bastante menos cinematográfica.

Incluso el cine comercial ha jugado con esa tensión. En el universo Bond, por ejemplo, aparece la figura del científico integrado en tramas de poder, seducción y amenaza global; no importa tanto la precisión profesional del personaje como el hecho de que la ciencia queda absorbida por intereses estratégicos ajenos. Lo importante, al final, no es si el físico aparece como héroe, burócrata, víctima o celebridad, sino quién decide el uso de su conocimiento.

La Primera Guerra Mundial mostró que la ciencia al servicio del Estado es letal. La Segunda Guerra Mundial mostró que puede ser existencialmente letal. Y el cine, entre la fantasía de Iron Man, la tragedia de Oppenheimer, la dejadez tecnológica de Terminator y la captura partidista de Timecop, sigue volviendo sobre la misma pregunta: ¿puede un físico gobernar realmente las consecuencias de lo que crea, o solo protagoniza durante un instante una historia cuyo control pertenece a otros? La respuesta histórica no es muy tranquilizadora, pero al menos tiene la cortesía de ser clara: casi nunca manda quien entiende mejor la ecuación. Manda quien controla la estructura.

Referencias

  • Primera Guerra Mundial: Fritz Haber y el desarrollo de gases de guerra
  • 1917 (2019, Sam Mendes)
  • Proyecto Manhattan (1942-1945)
  • Oppenheimer (2023, Christopher Nolan)
  • Dr. Strangelove (1964, Stanley Kubrick)
  • Teller: Project Manhattan (documental)
  • A Serious Man (2009, Coen Brothers)
  • Contact (1997, Robert Zemeckis)
  • The Terminator (1984, James Cameron)
  • Timecop (1994, Peter Hyams)
  • The Andromeda Strain (1971, Robert Wise)
  • Don’t Look Up (2021, Adam McKay)
  • Jaws (1975, Steven Spielberg)
  • Deep Impact (1998, Mimi Leder)
  • Armageddon (1998, Michael Bay)
  • The Day After Tomorrow (2004, Roland Emmerich)
  • Twister (1996, Jan de Bont)
  • Contagion (2011, Steven Soderbergh)
  • Iron Man (2008, Jon Favreau)
  • Angela Merkel
  • Javier Solana
  • Elon Musk
  • Steven Chu
  • Robert Noyce